No hay forma. Por mucho que uno intenta encontrar en la actualidad política la sensatez, el respeto al contrario y la serenidad, terminamos siempre por echar en falta una de las tres cosas, cuando no dos o las tres. Y es curioso, porque se supone que estamos en una democracia con libertad de opinión, religión y expresión. Sin embargo, cuánto nos cuesta a veces respetar la opinión, religión o expresión del otro, sobre todo si no nos gusta.

Luego está la educación. Es lo que diferencia una exposición argumentada, con o sin razón, de una colección de exabruptos o incluso un rebuzno. Pues nada, en estos días, se ha convertido en un bien más escaso que las arcas de la Generalitat Valenciana. Y mira que es fácil… cuando se tiene algo cuerdo que decir, claro. Pero toca ya dejarse de misterios y explicar de qué va esto.
Hace unos días asistí a una agria polémica entre un compañero y buen amigo y alguien a quien, por cierto, no tengo el gusto de conocer -pero casi que después de leer lo que he leído, me lo voy a ahorrar-. Mi compañero, equivocado o no -yo no entiendo mucho de ciertos temas, la verdad- opinaba en su columna sobre alguien y vaya por delante que, por más que busqué en su texto, no hallé ni una sola palabra, frase o expresión que mereciera la más mínima reprobación. Sólo leí una opinión, sin más. Para algunos tendrá razón, para otros no, y otros no sabrán, no contestarán. Es lo que tienen las opiniones.
Luego me encontré con la respuesta de la persona objeto de su crítica -repito, con razón o sin ella- y salvo insultos, amenazas veladas, y demás exabruptos, no pude leer ni una sola opinión, ni un solo argumento. Sólo un ataque furibundo. Y ahí es donde me dio pena no mi compañero, sino su ‘rival’, porque había perdido una ocasión perfecta para, en el ejercicio más gratificante que nos permite el juego democrático, esto es, la libertad, debatir, enfrentar, defender y/o atacar, pero mediando el necesario respeto. Y recordé una reflexión que, hace algunos años, me hacía un amigo, ‘hippie’ de vocación: “Cuando alguien no tiene con qué argumentar su enfado, sólo le queda un recurso: gritar e insultar, así que cuando te insulten o te griten, devuelve una sonrisa, porque te está dando la razón”.
En estos días fluyen como nunca en nuestra querida piel de toro las denuncias a políticos, polémicas, recortes económicos, impagos, denuncias sociales, y una serie de cosas que, con mucha, poca y/o ninguna lógica, elevan la crispación general a cotas no vistas desde hace mucho tiempo. Es bueno que nadie pueda resguardarse en la impunidad, y hasta profiláctico el que queden al aire las vergüenzas de algunos dirigentes… pero deberíamos intentar hacerlo desde el respeto y, sobre todo, la calma. Porque ya nos pasó una vez que el tirarnos de los pelos nos costó un disgusto de 40 años que nunca, nunca deberíamos permitir que se repitiera. Discutamos, reprendamos a quien no es justo con nosotros a nuestro criterio, pero no encendamos la mecha.









Add a comment